Revista Mansiegona

SOBRE CAÑIZARES Y LOS CUCHAREROS. (Un relato de época).

Jorge Garrosa

Canizares

           Cuando escribí el artículo referido a los cuchareros de Cañizares que se publicó en el número 11 de la Revista Mansiegona, uno de los documentos que más útil me resulto en la confección de dicho relato, fue un artículo que recogí del diario “El Sol” publicado el día 3 de octubre del año 1923.

          Este artículo, firmado por Rodolfo Llopis es un interesantísimo documento de época, tanto que por su interés y por lo que puede servir como complemento al artículo sobre los cuchareros he decidido transcribir el mismo en su totalidad para el que desee saber más sobre este tema.

          Disfrutad del mismo. 

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          DE CASTILLA

          LOS CUCHAREROS.

Hemos pasado unos días en Cañizares. Cañizares es un pueblecito de la provincia de Cuenca. A medida que nos alejamos de la Alcarria alta, por tierras de Priego, para internarnos en la serranía, nos acercamos a él.

Desde Priego, pasando por el famoso “Convento de San Miguel de las Victorias” y por el “Estrecho”, llegamos a Cañamares; y desde Cañamares, después de atravesar su espléndida dehesa, de altísimos pinos y hermosos robles y corpulentos castaños; después de vadear el Escabas y ascender el puerto de “Monsaete”, tan lleno de evocaciones carlistas, seguimos durante más de hora y media por entre pinos. Poco después se nos aparece Cañizares.

Lo primero que vemos de Cañizares es la enorme chimenea de una fábrica de resinas. Encontrarse aquí, en plena sierra, una humeante chimenea y un pararrayos no deja de tener interés. Nos volvemos a sentir ciudad, en medio de la serranía.

Detrás de la fábrica, y mucho más alto, el pueblo. El pueblo esta edificado de una manera inverosímil en las laderas de dos cerros. Los naturales del país, cuando advierten la extrañeza que en todo viajero produce aquella curiosa situación topográfica, dicen que Cañizares se parece a una albarda invertida.

Subimos, o más bien trepamos, por las callejas; ascendemos a la “Cueva del Alcor”; nos asomamos a una profunda sima; contemplamos unas obras de la carretera, que al final hará posibles las comunicaciones entre Cañamares y Puente de Vadillos,  donde se bifurca, remontando por un lado el Cuervo hasta el famoso Solán de Cabras, y por el otro lado sigue hasta la histórica Beteta, remontando el Guadiela, que forma allí la graciosa Hoz de Beteta, que con toda justicia ha sido propuesta para que se declare Parque nacional.

En Cañizares charlamos con los vecinos: queríamos conocer las vidas de sus hombres.

—Los hombres de este pueblo –nos dicen– son hombres de sierra. Viven del monte. O son resineros, o son cuchareros.

—Y muchos de ellos –añaden– son las dos cosas: cuando terminan la campaña resinera, comienzan la temporada de las cucharas.

Nos interesamos por los cuchareros. Quisimos conversar con ellos. Y allí mismo, en Cañizares, hemos conocido al cucharero más famoso de toda la serranía. Le insinuamos nuestro deseo de verle trabajar. Inmediatamente envió por las herramientas a su casa. Y mientras las traían nos dijo:

—Esta faena de hacer cucharas es muy pesada. Ahora, dentro de poco, en el mes de octubre, empezamos la temporada, temporada que dura todo el invierno hasta  el mes de mayo. Vamos en grupos de cuatro o cinco; pero aunque vayamos juntos, cada uno trabaja para sí.

—¿Y dónde trabajan ustedes? –preguntamos.

—Donde podemos –contesta.

—Allí donde encontramos boj, “buje” –dicen ellos.

Nos internamos en la sierra de Cuenca –sigue diciendo–, y vivimos en miserables chozos. Unas veces nos detenemos en la “Gatera del Hosquillo”; otras veces, en la “Cueva del Estiércol”, en «Prado Pajar”, allí donde descubrimos madera. Durante el día buscamos madera y la cogemos; luego nos vamos al chozo, cenamos, dormimos un par de horas y despertamos para trabajar, de noche, a la luz de las teas…

—¿Y en qué consiste ese trabajo?

—En lo siguiente. Con el “destral” –nos dice al mismo tiempo que enseñaba la herramienta que acababan de traerle–, con el destral, se corta la madera de la mata; con la sierra se “tronza” del tamaño que sea; con el hacha se “desbasta”; después, con la gubia, se hace la “poza” –que ellos llaman “abrir la cuchara”–; con un cuchillo de torno se hace la figura de la cuchara –”azolar”–; con la “legra” se recaba –”afinar la poza”–; con el cuchillo de mano se “echan hilos”, es decir, se limpia el rabo, y, por último, con el raspador, se afina…

Y mientras nos decía todas estas operaciones, las iba haciendo: unas veces apoyándose sobre el tajón –banco– que llevaba consigo, y otras veces apoyándolo en un antepecho de madera, especie de coraza que se cuelgan del cuello para esquivar los golpes mortales de la cuchilla.

El cucharero nos habla de la vida que hacen en la Sierra durante el invierno, de las noches interminables, del frío que pasan, de las miserias que sufren, de cómo se sienten renacer cada ocho días, cuando acuden de sus casas a recoger la obra hecha y a reponer algo su desmedrada despensa…

—¡Y todo –añade con acento de melancólica tristeza– para que luego, en Valencia, desprecien la mercancía, como este año, y tengamos la casa llena de cucharas!… ¡Muchas cucharas, muchas –concluye sentenciosamente–, y poco que comer!…

El cucharero, rápidamente, mientras charlaba con nosotros, nos hizo una magnífica cuchara que conservaremos como recuerdo. Y cada vez que esa cuchara caiga en nuestras manos o la llevemos a la boca, habremos de recordar nuestra estancia en Cañizares y evocaremos la tragedia de estas hombres que, en pleno invierno, perdidos en la Sierra, bloqueados por la nieve, sin alimentos acaso, en humilde chozo que sólo ellos y las cabras son capaces de habitar, hacen cucharas, de noche, a la luz oscilante de una tea… —Rodolfo Llopis—.

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