Esa que emborroné y me costó dos palizas del maestro
Joaquín Esteban Cava
Estamos en una de las dos aulas del nuevo edificio hecho para las escuelas de Masegosa; es la de la derecha, en el otoño de, creo, 1969. Yo tengo 9 años y el maestro es don Abel[1]. Somos un aula unitaria de unos treinta chicos de entre seis y catorce años; y en el lado izquierdo del pasillo doña Amparo enseña, en un aula simétrica, a otras tantas chicas. Cuando salimos al recreo los sesenta críos, el bullicio de la plaza alborota más que un coro de pájaros amaneciendo entre las hojas del olmo de la puerta de la iglesia.
Las escuelas de Masegosa se construyeron en 1957, según consta en su fachada.
Comenzó el curso escolar tras un verano de intensa propaganda, mediante la que el régimen del general Franco celebraba lo que llamaron los “25 años de paz”. Recuerdo ver carteles conmemorativos en el salón del ayuntamiento, que visitábamos con frecuencia los chiquillos porque era también el teleclub municipal: en nuestras familias, para entonces, bueno era contar con un aparato de radio: las televisiones llegaron algo más tarde. Por el contrario, no recuerdo ver esos cartelones propagandísticos dentro del aula de la escuela[2].
El Generalísimo en sellos conmemorativos de los 25 años de paz.
En aquella escuela de aquel año continuábamos haciendo lentamente la transición de la pluma y el tintero al bolígrafo. Don Abel tenía la costumbre de poner un pupitre aislado, frente a la pared del Este y de espaldas al resto de las mesas de los demás alumnos, en donde, con un turno que no recuerdo como seguía, un escolar rellenaba el cuaderno diario, escrito con pluma mojada en tintero. Y heme aquí, ese día aciago de noviembre de 1964, siendo yo quien escribía en el diario.
Don Abel inició esa mañana anunciándonos que traía “mecanografiada[3]” una carta dirigida nada menos que al Generalísimo para felicitarle por su próximo cumpleaños, que sería el día 4 de diciembre; carta que enviaría en nombre de todos nosotros, por lo que todos la debíamos firmar. La carta no iba sin interés: nos dijo que si recibía respuesta de la casa del Caudillo, luego enviaría otra pidiendo una televisión para la escuela.
Mis compañeros fueron poniendo su firma uno por uno bajo el folio de la carta mecanografiada; el maestro se sentía contento según recogía las firmas, y así llegó finalmente a la mesa en donde se escribía el cuaderno diario, que obligatoriamente se hacía con pluma y tinta de tintero y que para gloria mía era yo quien la gobernaba.
Don Abel depositó el folio sobre mi escritorio; “firma aquí abajo”, me dijo con voz melosa; puse mi mano izquierda en la parte superior del papel para sujetarlo y con la derecha tomé la pluma y escribí mi nombre. Pensando que la labor docente de ese día había acabado exitosamente, don Abel me arrancó el folio de las garras de mi mano zurda y se encontró con una sorpresa, que también lo fue para mí: cuatro huellas de cuatro dedazos manchados en tinta habían emborronado el papel. ¡Y justo con la última firma! ¡Tantas noches en vela meditando qué hacer! ¡Tantos borradores rotos y vueltos a escribir! ¡Por Dios, qué desastre!
A don Abel le cambiaron los humores en cuanto vio destrozada una carta que era, no me cabe duda, muy importante para él. En un segundo, y sin espacio de transición, me llovieron tortas y empujones hasta sacarme de la silla y derribarme al suelo; y, ya tumbado, patadas por todo el cuerpo. Luego más tarde, en el recreo, volví a recibir otro palizón en la puerta del Ayuntamiento, que entonces estaba situado justo detrás de las escuelas: ¡Quién nos mandaría a mis amigos y a mí ir a consolarme sentados en los poyetes que había a cada lado de la casa consistorial!
Debo completar este relato diciendo que en esos años era el Secretario del Ayuntamiento, Castor Cañas, el falangista más ferviente e influyente del pueblo. Presumo que la carta de peloteo a Franco fue sugerencia de Castor y mecanografiada en la Secretaría del Ayuntamiento. Alguna dependencia debía tener el maestro respecto al que debía ser, además de Secretario, el Jefe Local de Falange (o del Movimiento, o algo así, políticamente influyente), porque aquella misma mañana, en el recreo, don Abel debió subir al despacho del Secretario a darle parte de lo sucedido y, cuando luego ambos bajaban las escaleras de la casa consistorial – el Secretario acompasando su pierna buena con la pata de palo de inválido de guerra- y salieron a la calle, a don Abel le volvió el arrebato de rabia cundo me vio sentado ahí enfrente, reclamó mi dócil presencia para ejemplizar ante el jefe falangista su fastidio y me replicó la paliza, con mis amigos comiéndose las uñas de rabia impotente.
Páginas de enseñanza política.
Me chupé los palos y volví a casa a comer:”qué tal en la escuela?”, me preguntarían mis padres: “pues bien, como siempre”, diría yo. O a lo mejor, puede que ni eso habláramos. Por contra, las palizas que yo recibí por estropear la carta a Franco se debieron comentar como noticia de medio día en las casas de mis compañeros de aula. Lo cierto es que a la hora de cenar mis padres ya se habían enterado: ah, y de esa cena, recuerdo muchas palabras serias de mi padre, como esas que eran entonces habituales: “si te ha pegao el maestro bien merecio lo tendrás”, emborronadas, ellas también, creo, con sonrisas disimuladas.
Acaba el relato al día siguiente, en clase: de nuevo el maestro traía reescrita la felicitación; nos dio a todos un bolígrafo para firmarla –prohibidas las plumas- y, como el boli seria de los buenos porque no perdió tinta, quedó suscrita la felicitación al Caudillo por la unanimidad de alumnos de la escuela de chicos de primaria de aquel año.
Solo que luego no llegó la tele y el maestro, cuando pudo, pidió traslado a Huete.
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[1] Abel Martínez Esquivias ejerció de maestro de chicos durante unos 13 años, entre 1954 y 1967. Aquellos años fueron muy duros para todos, pero especialmente para los enseñantes, que tenían que ser fervientes defensores del régimen político o, disimulando, parecerlo.
El relato que aquí escribo es cierto. Lo que no tengo claro es si esa carta de peloteo al Caudillo fue iniciativa del maestro o un acto inducido por otro/s al que no se atrevió a negar.
Siempre me he preguntado si mi maestro, don Abel, tuvo pensamiento político y si, teniéndolo, pudo defenderlo libremente en el aula.
Algo más he averiguado de su vida, que prometo escribir más adelante
[2] No recuerdo si el maestro ponía pasión por las cosas de la política, que creo que no. Ahora bien, el programa oficial debía decir que se recordaran las llamadas “Efemérides Nacionales”: José Antonio Primo de Rivera, Calvo Sotelo, Onésimo Redondo y no recuerdo cuantos más; pues bien, en la escuela cada efeméride se ponderaba al personaje mártir, pero sigo sin saber qué emoción le ponía don Abel.
[3] Seguramente para entonces no habría en Masegosa más máquinas de escribir que las de la secretaría del Ayuntamiento. En la escuela no recuerdo que la hubiera.
La verdad es que eran felices. El hambre, las penurias, las toscas relaciones emocionales que se pudieran manifestar en el ámbito familiar… Todas ellas no eran suficientes para enturbiar la sensación de encantamiento que esas hermandades infantiles apaciguaban en torno a una más que sufrida vida, sin que ningún avatar bastase para romper esa sensación recíproca, por el contrario, la reforzaban aún más. Según se fueran cumpliendo primaveras a sus espaldas, este real sentimiento se iría distorsionando como un espejismo, pero en esos momentos, a sus jóvenes e indomables espíritus, les era imposible apreciar, gracias a la venda que envolvía unas ingenuas mentes, lo que finalmente les tendría destinado el futuro. Imaginemos la vida de dos muchachos, hace ya muchos años en uno de nuestros pueblos serranos, pongamos Poyatos. Dos jóvenes a los que, no por su corta edad e inexperiencia de una complicada vida, se les permitiría estar exentos de las tareas que los padres les encomendaban en el campo, tanto en los huertos como en la serranía, además de cuidar y atender a los pocos animales que dispusieran. Pero a pesar de estos obligados cometidos, jóvenes que siempre encontrarían momentos para verse y poder compartir risas y confesiones que inconscientemente eran las encargadas de abstraerlos de la angustiosa situación en la que casi todas las familias vivían en aquellas escarpadas montañas.
Es fácil el asumir que nuestros dos amigos, así como el resto de los demás niños, en los pocos ratos de que dispusieran, intentaran reunirse en lugares no visibles a ojos de los adultos, en los que la picardía y juegos impensables en futuras eras, afloraban para alegría de unos corazones que con poco palpitaban. Cuando la coincidencia hacía a los mozalbetes poder pasar momentos juntos, las calles de Poyatos se llenaban de gritos, risas y carreras, un torrente de chavalería que se asemejaba a cualquier vía de una distinguida ciudad, algo que la época del pueblo invitaba a pensar que habían sido engendrados para trabajar y ayudar a la familia; unos alumbramientos concebidos con una mezcla de amor verdadero, de interés para las labores, de imposición machista y de una ignorancia sobre el freno de aumentar la prole.
Ahora pensemos en esta pareja de inseparables amigos a los que pondremos nombre, dos primos llamados José y Siro, disfrutando por los parajes del pueblo al que amaban, y en el que en más de una ocasión se juraron que serían amigos hasta el día en que dejaran de respirar y la tierra los cubriese bajo el camposanto ubicado en el cerro de Santa Quiteria. El hecho de compartir apellido y ser primos podría significar apego ya de por sí, pero la amistad los unió por algo más profundo que la consanguinidad.
En el año 1909, año en el que el gobierno español declaró la guerra al Rif (una bonita región montañosa al norte de Marruecos), en el que se estableció la enseñanza elemental obligatoria, así como el servicio militar para los hombres, en el que aconteció la Semana Trágica de Barcelona, y en el que se legalizó en nuestro país el derecho a la huelga, Siro y José venían a un mundo complejo y espinoso, protegidos por la paz y por el discreto camuflaje de la ubicación que Poyatos ofrecía.
Podemos suponer una amistad en la que nuestros personajes se apoyasen en todas las situaciones y circunstancias que surgían en cada etapa de aquellos primeros años de su vida; problemas familiares, confidencias de distinta índole, ayudas en los fatigosos trabajos que desempeñaban y, por supuesto ya llegada la adolescencia, confesiones sobre faldas estimuladas por unas hormonas desenfrenadas. Quien quisiera discutir con José sabía que también se tendría que enfrentar con Siro, y esta realidad se manifestaba igualmente a la inversa. Por desgracia, esta inolvidable etapa de la adolescencia es una época que se va esfumando de manera insólita, sin ser consciente en el momento de lo que se está perdiendo, sólo siéndolo en el recuerdo cuando las arrugas visten la piel de los años vividos. Así, es fácil de imaginar cómo, con el paso de los años, José y Siro, forjados ya como hombres, tuviesen responsabilidades de mayor calibre, con decisiones complicadas que tomar y que acabarían por llevarlos por distintos caminos, propios de la bandeja que la vida dispone a los adultos.
Por desgracia, un servidor, debe y tiene que contar algo que al ser humano se le ha impuesto casi como una obligación, si bien con cierta lógica por los pensamientos que cada uno quiere defender, pero siempre coaccionados, quien sabe si hasta engañados, manipulados por dirigentes interesados en conducir los ideales del resto de la gente con el fin de acaparar más y más poder en pro de unos intereses que nada tienen que ver con el común de las personas.
Imaginemos para obstáculo de la mejor de las posibles amistades idealizadas, la de nuestros Siro y José tropezando, llegada la década de los años treinta, con esta circunstancia. Una circunstancia sin freno, imparable por las condiciones que vivía el país. Las corrientes políticas circulaban por las calles de los pueblos, llegando a todos los rincones y hasta todas las conciencias. E impulsados por la idea del patrón de la familia, o por una idea propia personal, cada persona escogía el camino a defender en sus charlas o incluso de manera más seria, teniendo que actuar con unos efectos colaterales devastadores, arrastrando amistades, familias, con un único desencadenante; la ruptura del apego con los tuyos.
El único obstáculo capaz de entorpecer su amistad fue éste, las diferencias de pensamiento político. Siro y José, fueron conscientes de este desapego poco a poco, de manera lenta, sin querer demostrar esta diferencia ideológica, pero inevitable de eludir.
José se mostraba partidario de las ideas de izquierdas, defensor de la República, aunque no exhibía este parecer de manera abrumadora. Por su parte, Siro se mostraba impetuoso por sus pensamientos, de forma eufórica, algo que fue haciendo mella en aquella amistad inquebrantable. Los desencuentros entre ellos aparecían a menudo, las discusiones suplantaban a las risas y a las charlas desinhibidas, las continuas confesiones de siempre pasaron a meras conversaciones sin alegría… la desconfianza fue surgiendo como el agua inicia el recorrido por los caballones de los huertos
Por aquel entonces Siro, tal vez animado por su familia, tal vez por sus creencias, había iniciado estudios en el seminario, aunque pronto se daría cuenta de que la vocación sacerdotal no era lo suyo, abandonando la misma y poniéndose a trabajar como funcionario en el pueblo de Bólliga, donde finalmente contrajo nupcias con una oriunda de aquel lugar llamada Francisca.
Como colofón a sus pensamientos políticos, Siro ingresó en la “Falange” a principios de 1936, cuando se hizo evidente que el “Frente Popular” se disponía a acabar con la España que él amaba. Inmediatamente, gracias a su rotunda y firme posición ideológica, fue nombrado jefe local de FE-JONS (Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista) en Bólliga. Trabajó en pro de que en Cuenca triunfara el “Alzamiento”, pero como no fue el caso se pasó a la “España Nacional” e ingresó en una de las “Banderas de la Falange”, combatiendo en los frentes de Guadalajara, Extremadura, el Ebro y Cataluña, siendo herido en dos ocasiones en todo su periplo militar.
Si el azar es caprichoso, si las más funestas casualidades se sirven con la mayor de las inverosimilitudes posibles, si el destino te pone en lo más impensable, el caso de nuestros queridos amigos podría hacer honor a todo este tipo de dichos y conjeturas, rompiendo todos los cánones marcados por los más incrédulos y negacionistas sobre la Diosa Fortuna romana, enfrentando a los mismos, tal vez en la batalla de Guadalajara, vistiendo distintos colores, peleando por lo que cada uno creía, preparados para sesgar la vida de todo lo que se pusiese delante de ellos.
Tal vez en ese frente, tanto Siro como José se hallasen un día solos, separados de sus compañías y en medio del frente que cada uno defendía, escondidos entre el follaje que ofrecía el campo. Deambulando en sigilo, como si de reptiles se tratara, avanzando lentamente pegados a tierra lo más posible. Lo más inconcebible estaba a punto de suceder y el resultado imposible de vaticinar. Cuando tropezaron a escasos metros uno del otro, sus miradas se cruzaron pudiendo distinguir la figura de quien tenían delante. No por ello los fusiles dejaron de apuntar, encañonando al enemigo, un enemigo especial, si bien con manos temblorosas que demostraban la tensión del peculiar trance. En cualquier momento, la pólvora podría detonar recorriendo los cañones de las armas que ambos amigos portaban. Pero los dedos índice estaban agarrotados, sin querer activar el gatillo de los fusiles. No hablaron, ni pestañearon, y las impertérritas miradas parecían decirlo todo. Sus corazones latían con mucha fuerza, pero jamás conocerían lo que cada uno sentía. Asustados por el inicio de los ruidos de las detonaciones próximas, así como de gritos que evidenciaban malos presagios, José y Siro desaparecieron fugazmente, uno por cada lado, sin saber si esa sería la última vez que se verían y sin, ni tan siquiera, haber despedido una emblemática amistad digna de ser modélica, aunque perteneciente al pasado.
Quizás ocurrió así, quizás no, lo que sí sabemos es que, una vez concluida la guerra civil, tanto José como Siro conservaban la vida pero con dos vertientes totalmente diferentes. Siro pertenecía al grupo de los ganadores, al de los intereses del general Francisco Franco. Y como la edad de prestar servicio de su quinta ya había terminado hacía tiempo, fue desmovilizado y volvió a su trabajo y a su puesto de jefe local. Pero obcecado en sus ideas no lo dudó y en junio de 1941, a sus 32 años, se presentó en la Jefatura de Milicias de Cuenca, siendo encuadrado en la Compañía 11ª/263º. Gracias a su valor fue condecorado con una Cruz Roja. Pero su final no tardó en llegar, y ese mismo año, en 1941 fue enterrado el 4 de diciembre en Nikitkino, una ciudad al este de Moscú, luchando en la División Azul.
Por contra, José obtuvo un devenir diferente, más sufrido, pero a la postre con un mismo final apenas un mes después de la muerte de Siro. Tras perder la guerra civil, José pudo huir con otros compañeros atravesando los Pirineos. Para su desgracia, tras abandonar España fue capturado y trasladado a uno de los distintos campos de concentración nazis, en los que dejar de existir era lo mejor que a los presos les podía suceder. Finalmente acabó en el campo de concentración alemán de Mauthausen, en Gusen, Austria, y allí, el 15 de enero de 1942 murió agónicamente como era preceptivo y para lo que se crearon estos campos de exterminio.
Nota del autor.
Esta es una historia que, aunque ficticia, está basada en dos personas y acontecimientos reales. Es por eso que deseo dedicar la misma a la memoria de los mismos: José Escolano Enebra y Siro Enebra Molina, dos poyateros nacidos ambos en el año 1909 y ambos muertos con 32 años de edad en medio de una brutal contienda y separados por bandos contrarios.
Por último, decir como autor de este pequeño cuento, me cuesta decidir si lo peor es la muerte de los dos protagonistas, una muerte casi marcada y predestinada, o la ruptura del estrecho vínculo que une a los amigos en su juventud y que termina por llevarlos a este desenlace. El motivo de lo acontecido se me antoja ridículo y siniestro, y sería provechoso para que sirviera como modelo de lo que no hay que hacer, prevaleciendo los valores humanos y los buenos y sinceros sentimientos a los que esta humanidad debería agarrarse.
Yo, como poyatero que soy, aunque el verdadero gentilicio sea poyatense (pero nosotros nos nombramos así) siento unos sentimientos encontrados, de orgullo y alegría por aquella posible amistad fraternal de mis paisanos, pero también me es imposible de ocultar la rabia por los dos tristes finales, así como la ruptura de una devoción amistosa, causada por algo que el propio hombre se encargó de imponer.
A todos, un gran saludo.
El escritor y periodista José Luis Muñoz es colaborador habitual de la revista Mansiegona, y también un buen amigo de Masegosa, como lo muestra el artículo publicado en La Tribuna de Cuenca el pasado día 20 de julio de este 2023. Titula su texto “Masegosa, puerta de entrada al Alto Tajo”.Abajo dejamos el enlace, que recomendamos abrir y leer.
Y gracias, maestro.
En los últimos tiempos hay mucha oferta y demanda de productos que tengan que ver con los guisos en cocina y, como consecuente, del placer de la buena mesa. Basta con citar aquí los abundantes programas de televisión en donde nos presentan como artistas a los ahora pedantemente llamados “chef”, o sea, a los cocineros –también conocidos como cocinillas o sartenillas– de toda la vida. Uno de esos artesanos de los fogones ha sido nuestro paisano y amigo Joaquín Racionero Page (Ribagorda, Cuenca, 1944), del que subimos a este blog dos libros suyos con recetas de nuestra tierra, en los que predomina la tradición culinaria de su Campichuelo natal, primero, de la Serranía conquense, luego, y de la Mancha manchega, más luego. En 1997 se publicó su primer recetario, con el título Guisos y Viandas de Nuestra Tierra, edición preciosa y amena, ilustrada con dibujos del gran alfarero Pedro Mercedes. Cualquier conquense más o menos contemporáneo al autor, y singularmente si es serrano, podrá recrearse aquí, con un poco de imaginación cuando lea las recetas, con los olores y los sabores de los guisos de cuando antaño, en la infancia, la memoria grababa en el inconsciente las buenas impresiones vividas: ¿Quién no recuerda alguna de esas sensaciones olfativas o sensitivas en un día de matanza; o, simplemente, un guiso en casa de la abuela porque los padres te habían aparcado allí en época de siega?
Tres años después, en 2000, Joaquín Racionero editó otro libro que era de continuación, al que tituló Guisos, Viandas y Otras Pócimas. Fue tanta su curiosidad por ampliar el conocimiento de las raíces culinarias manchegas como clientes y amigos tenía para entonces. Digamos ahora, solo, que en la casa de comidas que regentaba en el Madrid castizo, en la Travesía de las Vistillas, 13 (metro La Latina/Bailén), precisamente rotulado con el evocador nombre de El Tormo, se renovaba la carta cada día con introducción de nuevos platos manchegos y reivindicación del Quijote y la mesa cervantina. Total, que su curiosidad innata más las sugerencias de sus amigos castellano-manchegos, dieron cuerpo a este nuevo libro, en donde, además de más guisos y viandas, se nos enseña cómo hacer pócimas, palabra que nos traslada a los brebajes manchegos que Cervantes cita en su Quijote, pero que, de la mano de Joaquín, acaban en manjar exquisito.
En fin, que con permiso del autor ofrecemos a los socios y amigos de Mansiegona lo que, para mí, es la mejor recopilación de guisos y pócimas con los que los conquenses serranos –del Campichuelo o no–, los conquenses alcarreños y los manchegos de la gran Mancha, podemos sentir que somos quienes somos gracias al mosto de vida que rezumaron los pechos de las abuelas de las madres de nuestras madres; leche materna hecha gracias a los guisos que Joaquín Racionero ha recuperado.
Como hemos dicho más arriba, Joaquín Racionero nació en el pueblo de Ribagorda, en pleno Campichuelo conquense, en 1944. Con solo trece años decidió salir del pueblo para buscarse la vida; aterrizó primero en una tienda de ultramarinos de la que se despidió a los tres meses; luego, como él dice, “sin más anclas seguí girando hasta el día en que decidí ir a estudiar con los frailes capuchinos”. Hablamos de finales de la década de los años cincuenta, cuando en nuestra tierra había más población que recursos suficientes para saciar la voracidad de muchos estómagos. Irse con los curas –con los curas, con los frailes o con las monjas, que tanto monta– fue una forma habitual que se ofrecía a los niños inquietos de nuestra tierra para desertar del arado, del garrote y de la miseria. Una década más tarde yo mismo tomé una decisión parecida: a la escuela de mi pueblo, Masegosa, llegaron, allá por junio, unos frailes Reparadores con un proyector de cine, y durante algunos días nos proyectaron varias de esas superproducciones que se hacían en la época con la temática de romanos contra judíos, tipo Ben-Hur. Simultáneamente nos daban charlas religiosas y nos ofrecían la posibilidad de continuar estudios de bachillerato en su colegio de Novelda, Alicante, y además, si no me equivoco, gratis; yo, que tenía 11 años, les dije que sí –imagino que con el consentimiento de mis padres– y al comienzo del otoño siguiente me escribieron diciendo que estaba admitido. No llegué a ir al colegio de los Padres Reparadores por dos razones: la primera porque de Masegosa a Novelda había mucha distancia y malas comunicaciones, y luego, además y sobre todo, porque coincidió que el maestro, Abel Martínez, nos había presentado a exámenes para aspirar a becas del gobierno, y también al comienzo del otoño me escribieron de la Delegación Provincial de Educación de Cuenca diciendo que no tenía beca aún, pero que estaba en lista de espera; pues bien, decidí esperar y allá por noviembre (me acuerdo, era el día 13), me escribieron que tenía beca y que corriera a matricularme en el Instituto Alfonso VIII. A veces reflexiono y pienso cómo el destino maneja nuestras vidas: ¿si no hubiera llegado aquella beca, yo ahora sería cura? En fin, era de Joaquín Racionero de quien tocaba hablar, pero es que es poco o nada lo original que me resta por decir. Como tantos otros conquenses que emigraron de su pueblo buscando mejores condiciones de vida, Joaquín dejó los estudios –¿o te echaron del seminario por rebelde, Joaquinito? – y comenzó a buscarse la vida, algo que no le debió ir tan mal pues ha concluido en el punto de haberse jubilado como alma de uno de los restaurantes de más prestigio de Madrid, El Tormo, y en el que ejerció de promotor de la dieta tradicional que llamó manchega, pero que tenía una inspiración basada en los aromas y sabores de su infancia campichuelense. De esta época de mesonero conquense en el Madrid castizo cuentan las crónicas que sobre mi tocayo Joaquín se pueden rastrear en internet que se permitía elegir clientes, porque le importaba más la calidad (amigos, paisanos, cultos, etc.) que la cantidad. Hay en dato curioso –o tal vez cotilla, que no me resisto a escribir– y que Joaquín Racionero me contó hace poco cuando compartíamos aperitivo entre dos copas de vino blanco manchego: me confesó que a él no le gusta el pescado fresco, razón por la que los peces no eran habituales en sus cartas de la casa de comidas El Tormo, salvando, eso sí, los pescados en salazón, tales como el bacalao, que sí se consumían en la tierra de sus raíces. Ah, y por cierto, habrán observado ustedes que en las líneas que anteceden nunca he usado las palabras modernas de restaurant, restaurante, restaurador, chef, o similares. Como el roble añejo, Joaquín se agarra con terquedad a las raíces verbales de su paisanaje: opina que el lenguaje que ha de usarse junto a los guisos recios de antaño, los que a él le gustan y ofrece a degustar, debe ser también el de siempre: mesón, casa de comida, venta, y así seguido las muchas otras palabras tradicionales que vengan a cuento. Dicen eso de que junto a un hombre importante siempre hay una gran mujer; pues bueno, digamos que antes de cerrar esta crónica conviene citar a su pareja, Teresa, madrileña enconquensada, que era quien gobernaba en los fogones de El Tormo, mientras mi tocayo recibía los parabienes cuando servía las mesas. Aunque hay otra manera de referirse a Teresa, que me gusta más: convirtamos ese aforismo tan nuestro de que “el Tajo lleva la fama y el río Oceseca pone el agua” por este otro que diría “Joaquín sirve la mesa y Teresa hace las gachas”.
En la fachada sur de la torre de la iglesia de Masegosa, la que pega con el atrio de entrada, hay una piedra labrada que dice: “SE REEDIFICÓ SIENDO Vº D. CALISSTO MORENO Y ALCe. D. FRCº. RUBIO. AÑO DE 1866”.
De esa inscripción no se deduce si lo reedificado fue únicamente la torre, como se ha pensado habitualmente en el pueblo, o la totalidad del templo.
En 2015 publiqué un reportaje defendiendo la idea de que lo reconstruido fue la iglesia en su totalidad, mientras que la torre fue un añadido que sustituyó a la antigua espadaña (se puede ver el artículo en este mismo blog: https://revistamansiegona.com/la-iglesia-de-masegosa/) .
Un nuevo dato viene a confirmar la tesis que defiendo, hallazgo que se debe a Miguel, trabajador temporal del Ayuntamiento: en la fachada norte de la iglesia, en donde se encuentra el cementerio viejo, y en la pared de lo que hoy se usa como almacén, se puede ver una piedra, mal recuperada y toscamente recolocada, que creo dice lo siguiente: [REZAD] / VN PADRE NVESTRO Y VN A / bEMARIA POR LAS ANIMAS.
Últimos datos sobre la despoblación en la Alta Serranía Conquense
Si en la revista http://revistamansiegona.com/sumario-mansiegona-no-14 Mansiegona Nº 14, último número publicado, fue un repaso en el artículo titulado http://revistamansiegona.com/Articulos_indices/14/14_DespSierra.pdf ” La despoblación en la Alta Serranía Conquense ”de la situación actual del despoblamiento que sufre esta comarca de la provincia de Cuenca, una vez conocidos los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE) referencias al año 2.019, creo que no estará de más el realizar una actualización de dichos datos en los que como ya vaticinaba en dicho artículo, nuestra serie iba a sufrir un nuevo descenso poblacional.
Así, si en el censo anterior referido al año 2018, este territorio contaba con una población de 2.380 personas, lo que daba 1,57 habitantes por kilómetro cuadrado, si observamos el último censo que se ha realizado y hecho público a principios de este año 2020, un censo que toma como referencia la población a uno de enero del año 2019, veremos que la Serranía Alta de Cuenca ha vuelto a perder habitantes, descendiendo este censo hasta las 2.297 personas, una pérdida de 83 vecinos que nos deja en un equilibrio de 1,51 habitantes por kilómetro cuadrado.
Esta población, siendo la censada, como ya argumento en el artículo al que hago referencia al inicio de estas líneas, sin obligaciones de llevar a cabo un engaño ya que la misma probablemente sea muy inferior, una cosa es la población censada y otra es la que realmente vive de continuo en los pueblos durante los doce meses del mismo. Así, tras una serie de entrevistas que realizan a las personas aquí residentes durante el pasado año del 2019 en los distintos pueblos de esta comarca, el número de habitantes dio 1.569 personas o lo que es lo mismo, 1,04 habitantes por Kilómetro cuadrado.
Sirva además y como ejemplo de estos censos oficiales, voy a llamarles aproximativos, un artículo publicado en el periódico “El Confidencial” con fecha del 23/03/2019 en el que se menciona, entre otras poblaciones de nuestra geografía, varios pueblos de la Serranía Alta de Cuenca que este año y como consecuencia de las elecciones municipales que hemos tenido en este año, estaban en la lupa de la Junta Electoral por sospechas de haber inflado su censo para influir en las mismas y que nos deja entrever como, si bien estos censos son imprescindibles para llevar a cabo un control poblacional necesario, los mismos, como digo, solo indicativos de aproximación a una realidad que no es, ni mucho menos, la que se vive en estos pueblos, siempre inferior al censo oficial.
El artículo citado de “El Confidencial” se puede consultar en el siguiente enlace:
Por último y como referencia al descenso continuado que perdió estas tierras, dejo una tabla en la que se puede afectar la bajada de las poblaciones en esta comarca con los últimos datos que nos han dejado el INE y que muestra como, desde el año 2016 hasta el 2.019, su población ha bajado en 238 personas, una pérdida de casi 60 habitantes por año.
En él, entre otras cosas, la intervención de un tal Guillermo Fernández en la misión de agosto de 1934 se encuentra en la comarca de Beteta.
Luego, en el número 7 de Mansiegona, yo publiqué un artículo comentando un cuaderno de campo encontrado en la biblioteca de Beteta que se titulaba Notas de la excursión de agosto de 1934 a Beteta y sus aldeas y que se atribuye a Guillermo Fernández López Zúñiga.
Su padre nació en La Frontera, fue médico y murió durante la gestación de Guillermo en Valdemoro de la Sierra. Su madre, nacida en Gascueña, se casó en segundas nupcias de ambos con Juan Jiménez Aguilar, de Cuenca, con quien Guillermo FL Zúñiga se educó.
Perseverando en la biografía de este personaje para nuestra próxima tierra encontrada que ha sido –y tal vez sigue siendo– el cineasta conquiste más importante.
La revista Tiempos Modernos , que edita el Cine club Chaplin de Cuenca, en su número 2, de 2017, me editó un artículo en el que se publicó la biografía de Zúñiga con el mismo título que encabezó esta entrada.
Para quien quiera saber más de Guillermo Zúñiga, reproduzco el texto publicado en Tiempos Modernos .
Joaquín Esteban Cava
En el número 7, de 2014, de la revista Mansiegona publica un artículo titulado “Cuaderno de campo de agosto de 1934”. Tratadas de las Misiones Pedagógicas que en la comarca de Beteta se desarrollarán en aquel verano. Y destacaba el papel de misionero del conquense Guillermo Fernández López Zúñiga. Entonces me interesé esta persona solo en su papel de misionero pero, buscando bibliografía, pronto me di cuenta de sus otras facetas interesantes, especialmente la de su importante contribución a la cinematografía.
Guillermo Fernández López Zúñiga (en adelante Guillermo Zúñiga, como solía firmar) fue uno de los muchos personajes que Cuenca de Cuenca – o lució – en el primer tercio del siglo pasado.
De 1909 a 1939
Guillermo nació en Cuenca el 27 de abril de 1909, en su partida de nacimiento, inscrita en el Tomo 28, página 122, de la sección 1ª del Registro Civil de Cuenca, constan los siguientes datos:
—Padre: Guillermo Fernández, médico, fallecido en Valdemoro de la Sierra, en diciembre último, de La Frontera.
—Madre: Vicenta López, de Gascueña.
—Domiciliados en Cuenca, calle Tintes 13.
—Nieto por línea paterna de Julián Fernández y María Zúñiga, ambos de La Isabela (Guadalajara).
—Nieto por línea materna de Calixto López y Prudencia del Olmo ambos de Gascueña.
Guillermo Fernández Zúñiga, médico, nacido en La Frontera, murió durante su gestación en Valdemoro de la Sierra. Y que su madre, Vicenta López del Olmo, era natural de Gascueña.
De esto se deduce su nombre y apellidos, contando cuatro, terminadas las siguientes: Guillermo Fernández López Zúñiga del Olmo. Y de ahí que, suprimiendo los dos primeros nombres, por vulgares, acabó firmando con el tercero: Zúñiga.
Más tarde, Vicenta, su madre, se casó, en segundas nupcias of both, with Juan Giménez Aguilar, con el huérfano Guillermo se crió y educó.
En 1931 se licenció en Ciencias Naturales en la Universidad Central de Madrid. Comenzó a impartir clases en el Instituto Escuela de Madrid, hoy Ramiro de Maeztu, y participó en el Patronato de Misiones Pedagógicas, Servicio de Cinematografía, hasta 1936.
La elección de su carrera y su compromiso ideológico manifiestan mejor la influencia de su padrastro —el único padre que conoció—, Juanito Giménez, como le conocía en Cuenca. También fue licenciado en Ciencias Naturales en la Universidad Central en 1898, ejerció docente y se comprometió con la causa socialista, siendo uno de los fundadores del PSOE en Cuenca.
De esta época no quedan testimonios gráficos hechos por Zúñiga, pero sabemos por sus memorias que en 1932 rodó una boda lagarterana en Navalcán (Toledo), también que por encargo del Museo de Ciencias Naturales —su especialidad académica—, en 1933 rodó en Marruecos Documental de contenido etnológico y biológico titulado Por Marruecos . Y que, también por encargo del citado museo, en 1935 rodó La vida de las abejas .
En su función de misionero pedagógico al servicio de la República, siempre se ha tenido en cuenta. Como se ha dicho al principio de este texto, en agosto de 1934 participó en una misión para la comarca de Beteta (Cuenca). Esta es una buena fotografía que en mi familia conservamos con especial cariño, porque es la primera vez que tenemos mi madre, mi tía y otra amiga, todas las adolescentes. No me cabe duda de que la hizo Zúñiga 1 .
En la guerra, con su cámara fotográfica a cuestas, fue uno de los mejores reporteros del lado republicano. Dejó miles de fotografías que, ahora, gracias a la reciente donación de su familia a la Asociación Española de Cine e Imagen Científicos, se encuentran catalogando 2 .
Fotografía de Guillermo Zúñiga. Guerra civil española.
Pero también, en la guerra, debería tener muy cerca la cámara de cine. Tampoco aquí hay copias localizadas, por lo que nos debemos ceñir a sus memorias. En 1936 y 1937 para la productora catalana Película Popular y Laya Films, para cuyo noticiario Espanya al día Zúñiga filmó actividades de instrucción, formación y construcción de defensas y trincheras. También filmó imágenes para el noticiario gráfico de la juventud. , que dependía de las Juventudes Socialistas Unificadas de Madrid, cuyo responsable político era Fernando Claudín. Y, además, según la cita en sus memorias, durante la guerra fue designado para acompañar por ciudades y frentes de batalla a reporteros y cineastas que vengan a filmar a la zona republicana.Concretamente, señala que acompañó a Joris Ivens a Fuentidueña de Tajo, donde se rodaría buena parte de la película titulada La Tierra / España de España (locución en inglés: Ernest Hemingway. Versión francesa: Jean Renoir. Versión española: Arturo Perucho).
El exilio
Campo de concentración de Bram (Francia).
Después, como tantos otros españoles, cruzó la frontera de Francia con la esperanza de recuperar una libertad aquí ya imposible, que se transformó poco después en los campos de concentración. Zúñiga estuvo en los de Argelès, Braum y Gurs.
Según María Luisa Ortega Gálvez 3 , tras la liberación de Francia trabaja en París para el comite Francia España como realizador cinematográfico. En 1946 es empleado como montador por el Comité de Servicio Unitario. Después de agosto de ese año hasta su marcha a Argentina, es contratado por Les Films Osso. En la capital francesa traba amistad con el pionero del cine científico Jean Pain-levé, con quien participa en las reuniones previas a la construcción de la Asociación Internacional de Cine Científico en 1947. También tiene relaciones con el músico Salvador Bacarisse, el pintor Lalo Muñoz Orts, el poeta José María Quiroga Plá y el médico Elio Obadía.
En este punto de la biografía de Guillermo Zúñiga me parece necesario destacar su fortaleza de carácter y su positividad. No se puede decir que los sucesos de su vida han sido propuestos, al menos hasta este momento. Sin embargo, apenas conocemos testimonios en que se encuentra el trato que en su edad más joven le dio la vida.
En 1947 se trasladó a Argentina, donde comenzó a trabajar con la productora Estudios San Miguel. En el primer año ejerció de ayudante de cámara en las películas La comparsita, dirigida por Antonio Monplet, y La serpiente de cascada, dirigida por Carlos Schlieper; de ayudante de dirección en Los secretos del buzón , de Catrano Catrani; y luego, como ayudante de producción en Pobre mi madre querida , de Ralph Pappier y Homero Manzi. Desde 1948 hasta 1957, año en que regresa a España, la productora Estudios San Miguel se encarga de las funciones de productor ejecutivo en otras muchas películas.Zúñiga fue leal a la producción en su etapa argentina y con ella o con otras personas participó en más de veinte películas.
Además, siguiendo su vocación de científico naturalista, buscó el tiempo para dirigir las películas o reportajes sobre el comportamiento de los seres vivos. Hay referencias a otros trabajos como director, guionista y fotógrafo en la etapa de Argentina, pero se conserva solo un título: el cortometraje Las abejas (1951). Y no será el último trabajo sobre las pecoreadoras, cuando vuelvas a España.
Retorno temprano a España. ¿Le ayudó Federico Muelas?
En 1957 Zúñiga regresa a España. En este año es el director de reparto en la película Pasos de angustia , dirigida por el clemente Clemente Pamplona, ??y siendo uno de los guionistas Federico Muelas.
¿Cómo es posible que un informe y una propaganda de la causa republicana, antes y durante la guerra civil, podría aterrizar en España tan pronto y con tan buen pie? Probablemente para que las cosas no fueran tan sencillas, pero si sabemos que su regreso pudo rehacer su vida continua con lo que era su profesión y su ilusión, el cine.
Para contestar a la pregunta debemos retroceder a la adolescencia de Zúñiga y asociarla con el de Federico Muelas. Ambos son contemporáneos: el primero nació en abril de 1909 y el segundo en octubre del mismo año, el segundo estudio en el Instituto de Segunda Enseñanza de Cuenca (hoy Alfonso VIII), donde imparte clases el padrastro de Zúñiga, Juan Giménez Aguilar. Me consta, por ejemplo, los testimonios de la familia del insigne profesor, que Muelas fue un discípulo aventajado. Y también que Muelas y Zúñiga eran compañeros de clase.
La historia se decantó por Ciencias Naturales y Federico Muelas, optó por Farmacia. Las dos carreras en madrid. No tengo datos, pero también tengo los compañeros de promoción. No me cabe duda de que el contacto —bueno o malo— se mantiene en ambos.
Acabados en sus estudios universitarios, solos en tiempos de gobierno republicano, solos sabemos —o sé— lo que hizo Zúñiga: se empleó con las Misiones Pedagógicas. En este tiempo no conozco que hizo Muelas y, sobre todo, no tengo que ver con el régimen republicano.
Cuando en 1936 el general Franco y otros militares intentaron un golpe de estado que se derivó en la guerra civil, sabemos que Guillermo Zúñiga se ha comprometido como reprógrafo con la causa republicana. Y también sabemos que Federico Muelas se afilió a la Falange, siendo uno de sus dirigentes locales. Sin duda aquí había sido una fractura en su relación: acabó la guerra, Muelas permaneció en España y potenció su prestigio intelectual, mientras que Zúñiga pasó al exilio.
Lo cierto es que en 1957 —Muy pronto para los exiliados republicanos pueden regresar a España— Zúñiga vuelve y con trabajo. Ya ha dicho que Guillermo Zúñiga fue el director de reparto en la cita de la película Pasos de angustia . Tanto el director Pamplona como el guionista Muelas eran falangistas, solo dieciocho años después de acabada la guerra: había menos rencor y algún día intelectuales del régimen tienen las posiciones de poder. ¿Cómo aterrizar Zúñiga aquí, en Pasos de angustia ? No me cabe duda de que te he llamado por tu compañero y ¿amigo? Muelas 4 .
¿Desde entonces, por amistad o por interés? ¿Quién lo sabe? -, Guillermo Zúñiga y Federico Muelas trabajaron en muchas otras obras. Lo cierto es que en reportajes se dirigen a Zúñiga, como cortometrajes La aventura de Api (1964), Florinda y el viento (1965), Un pequeño colonizador verde (1968) y El mejillón en Galicia (1970), el relator fue Muelas .
Producción española
En el mismo año de 1957, El retorno, Guillermo se incorporó a Trabajar en lo que sabía, Las labores de producción, con Unión Industrial Cinematográfica SA (UNINCI). La segunda película en la que participé fue Tal vez mañana / L´amore piu bello, una coproducción hispano-italiana dirigida por Glauco Pellegrini.
Leal a la productora que le dio cobijo —lo mismo que hizo en Argentina con Estudios San Miguel—, Zúñiga participo en UNINCI como director de producción y en largometrajes como las siguientes: Sonatas (1959), de Juan Antonio Bardem, La mano en la trampa (1961), coproducción hispano-argentina dirigida por Leopoldo Torre Nilsson, Las cinco de la tarde (1961), de Juan Antonio Bardem, o Viridiana (1961), de Luis Buñuel. Y reportajes como El Greco en Toledo (1958), de Pío Caro Baroja, El entierro del Conde de Orgaz (1958), también de Caro Baroja, Día de muertos (1960), de Joaquín Jordá y Julián Marcos, A través de San Sebastián (1960), de Elías Querejeta y Antonio Eceiza.
Zúñiga con uno de los hijos de Ramón del Valle Inclinado, Juan Antonio Bardem y Francisco Rabal en la playa de las Lanzadas (Galicia) en el rodaje de Sonatas (Juan Antonio Bardem, 1959).
Es preciso parar y hablar un poco de la productora UNINCI. Nació en 1949 y en 1962. Segun Cerro Alicia Salvador, autora del libro De Bienvenido Mister Marshall un Viridiana , UNINCI FUE La Primera productora Que pretendió salir del tipo de cine anodino, Acomodaticio y escapista Mediante los típicos Temas religiosos, Históricos y folclóricos Que , de forma tácita, se imponen en los años cuarenta y comienzos de los cincuenta años del siglo pasado. Según la investigadora Bienvenido, Mister Marshall y Viridiana, fueron las dos películas que más nos gustaron y nos informaron, paradójicamente, los mayores fracasos a la productora. En la primera se le acabó el dinero y con Viridiana quebró definitivamente.
Para entonces UNINCI había hecho un cine con personas tan tempranamente prestigiosas como Berlanga, Saura, Jordá, Regueiro, Maesso, Picazo, Portabella, Eceiza, Querejeta, Ducay, Fernán-Gómez, Rabal, Fernando Rey, etc., intelectuales del cine desafectos Al régimen y, en algunos casos, comprometidos con el PCE del interio. Fue precisamente el primer reconocimiento internacional de una película, Viridiana , que obtuvo la Palma de Oro del Festival de Cannes, que provocó la crisis de UNINCI en España por problemas con la censura.
Siguiendo con Zúñiga debemos decir que, o bien, estaba cegado en el régimen que gobernó el país, o bien jugó con la discreción de sus cartas: o las dos cosas. Lo cierto es que no ha dejado de trabajar en sus empleos de producción. Lo hizo en Los golfos (1961), el oscense aconquensado Carlos Saura, en Los inocentes (1962), de Juan Antonio Bardem, en Nunca pasa nada (1963), también de Bardem, y en otras varias.
Hacia 1965 creó su propia empresa productora de cine: Zúñiga Films. Con ella tenemos que hacer las películas de animación Tarde de sol (1966), La pequeña tapia (1967) y La luna de Tobalito (1968), Todas de Salvador Gijón, con muñecos de Sofía Gómez.
Una vez se creó su empresa se dedicó a una redacción de datos: su primitiva afición. Fue director y guionista de las ciudades La aventura de Api , Florinda y el viento o Un pequeño colonizador verde , con relatos de Muelas, donde se describe el proceso biológico de las abejas, las flores y el agua que se despeña por cascadas y chorreras de La montaña, formando un musgo petrícola. Con este reportaje vuelve el objetivo de sus cámaras a la nación de sus inicios: Cuenca. Entre otras localizaciones, las imágenes filmadas en el nacimiento del río Cuervo. Dirigió otros como El mejillón en Galicia (1970), también con relato de Muelas, Guerra en el naranjal (1971), La mosca de las frutas(1971), Sistemas de riego tradicionales en la España mediterránea (1971), Encinares (1973, grabado, entre otros lugares, en los montes de Cuenca), La lagarta (1974), El agua de la vida (1974, también con imágenes de Cuenca), o finalmente, El salmón de Asturias (1991), en este caso producida por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Asociación Española de Cine Científico (ASECIC), creada por el mismo en 1966, una asociación que cincuenta años después sigue investigando y divulgando su extraordinaria producción.
Guillermo Zúñiga murió a los 95 años el 5 de enero de 2005. Para saber más de su importante obra cinematográfica como productor, guionista o director, sugiero consultar la página web de la Asociación Española de Cine e Imagen Científicos (ASECIC) http://asecic.org/wp-content/uploads/2016/03/11.-Filmografia.pdf
Su obra está razonablemente ponderada a nivel estatal, pero sorprende lo desconocido que es Zúñiga en Cuenca. Tal vez los cinéfilos conquenses tengamos una deuda pendiente con quien, a mi parecer, es el paisano más interesante que ha estado nunca detrás de una cámara.
1 Mi primo Salvador F. Cava, publicó en 2007 una crónica sobre esta foto http://www.revistamansiegona.cpm/Articulos_indices2/2_Historiafoto.pdf
2 Como referencia ver este reportaje: http://asecic.org/2016/12/guillermo-f-zuniga-una-lata-de-70-mm-llena-de-historia-cine-dore
3 En el libro colectivo María Luisa Ortega Gálvez (coord.), Guillermo Zúñiga . La vocación por el cine y la ciencia , UNED-ASE-CIC, Madrid, 2011.
4 Conocemos que el proceso militar que en posguerra condenó a muerte a Juan Giménez Aguilar a su vez citó a Federico Muelas en su defensa, pero no compareció. Conocemos el compromiso cristiano de Muelas, todo indica que, cuando la representación franquista había bajado de intensidad, esto hizo posible “por acto de amistad o de contrición” para obtener el retorno de su antiguo compañero y probablemente amigo.
Trashumancia por el Parque Natural de la Sierra de Cuenca a vista de pájaro
El día 10 de noviembre de 2018 el periódico digital Liberal de Castilla publicó un reportaje con el mismo título que reproducimos en el encabezamiento de esta nota.
Los periodistas acompañaron al pastor Antonio Cardo y su familia durante los cinco días que duró el viaje desde la Vega del Codorno a Embid (Cuenca) con unas 1.600 ovejas, pasando por la vereda de Rodrigo Ardaz (Sierra de Cuenca, Majadas y Villalba de la Sierra), buscando pastos de invierno en Mestanza (Ciudad Real).
El reportaje contiene un vídeo muy interesante que dura unos 17 minutos.
Siempre resulta un placer el encontrarse con un libro que sirve para relatar tan íntimamente la vida profunda de la Serranía de Cuenca, máxime cuando quien lo escribe es un buen amigo, como lo es Emilio Guadalajara, colaborador asiduo de la Revista Mansiegona y que en esta novela hace un relato en el que atisbamos las grandes carencias y la dura vida de las gentes que poblaban estas tierras y sus pueblos hasta bien entrado el siglo XX.
Unos pueblos que, ante el reto de un futuro que empezaba a despuntar en las ciudades de todo el país y que amenazaba con dejarles olvidados, en pos de lograr un servicio sanitario decente, se reúnen y en común logran contratar un médico para que atienda las necesidades básicas de una población que hasta ese momento de su historia, los únicos remedios que habían conocido provenían: o bien de curanderos, o en casos extremos y tras un penoso viaje que bien podía durar dos jornadas de viaje, de las atenciones que pudiesen recibir en la capital de la provincia.
La historia, dividida en pequeños relatos, nos muestra la vida cotidiana de unos municipios serranos a través de la memoria del ayudante de un médico de pueblo. En estas pequeñas historias, no faltas de grandes dosis de ironía, dicho ayudante nos ira narrando los avatares a los que se tienen que enfrentar estas dos personas y su trato con los pacientes, mientras que poco a poco vemos como la modernidad va abriéndose paso en medio de estas tierras.
Pero quizás, lo que más puede llamar la atención es la falta de definición del territorio, del nombre de los pueblos en el que los personajes del libro se mueven, un nombre que, poco a poco, quien lea éstas páginas y conozca las tierras de Cuenca, ira descubriendo según avance en la lectura.
Toda una pequeña joya que merece la pena ser leída.
El documental que NODO grabó en 1943 con la última maderada por el río Júcar
Joaquín Esteban Cava
En 1943 tuvo lugar la última gran maderada por el río Júcar, que partiendo de los pinares de la Sierra de Cuenca concluyó en el paraje de El Chantre, a unos pocos kilómetros de la capital de la provincia. Desde ahí, ya con camiones, se transportó hasta los almacenes de madera y serrerías de la ciudad para luego cargarlos en los vagones de un tren que entonces llegaba hasta Aranjuez para enlazar con otras estaciones.
Este acontecimiento fue rodado por el NODO, que filmó los últimos catorce kilómetros de trasporte fluvial.
Lo podemos ver en el siguiente enlace:
La escena que se presenta ante nuestros ojos es hermosa, la ribera del Río Escabas, el suelo húmedo, los mimbres cortados este invierno, atados en haces y apilados unos sobre otros en las típicas “cinas”que se mantienen en pie recordando los tradicionales tipis de los indios norteamericanos.
La humedad que hay junto al río, mezclada con la savia que todavía perdura en los mimbres, parece querer, a estas alturas del año desdecir al destino y así, estas plantas, olvidándose que sus tallos están cortados y apoyados simplemente sobre el suelo, vuelven a cubrirse de un verde poderoso y vivo en su parte más alta, marcando un fuerte contraste con sus troncos, varas y más varas de un rojo intenso que se amontonan unas junto a otras, formando un solo conjunto.
Más pronto que tarde, esta imagen de mimbres apilados sobre los campos,que ahora observamos en las fincas donde los mimbreros guardan su labor, la cosecha lograda con su esfuerzo desaparecerá, y los mimbres tal cual están, quizás pelados o incluso puede que cocidos en las calderas que podemos ver en las fincas, serán vendidos y destinados a distintos usos como el de crear finas mallas para vallados e incluso como no, para construir los típicos cestos con los que ir a recoger hongos y setas, principalmente en los meses del otoño.
Mientras esperamos esos momentos, esos paseos por el campo con nuestra cesta buscando níscalos y los preciados boletus, sabiendo que esa imagen todavía queda lejana, podemos sin embargo disfrutar de esta vista de grupos de mimbres ya cortados y amontonados, algunos tan verdes y rojos que hipnotizan nuestro paseo,presentándose delante de nuestros ojos en la ribera del Escabas.
El viernes, 8 de junio de 2018, se presentó en la Diputación de Cuenca el resultado de los primeros estudios hechos por la empresa ARES de arqueología en los yacimientos de El Castillejo y Cabeza de la Torre, de Masegosa.
Parece que son asentamiento de poblaciones prehistóricas de la Edad del Bronce que tenían ahí sus castros. Pero los arqueólogos Santiago David Domínguez y Michel Muñoz han encontrado que, además de castros de población indígena, son también los primeros indicios de la dominación musulmana en la cora de Santaver, que aproximadamente coincidía con la actual provincia de Cuenca.
Los hallazgos de esta primera cata arqueológica en Masegosa parecen tan interesantes que tanto la alcaldesa, Sandra Crespo, como el Presidente de Diputación, Benjamín Prieto, han ofrecido su apoyo incondicional para continuar con las excavaciones.
El sábado, 17 de marzo, decidí subir a Masegosa a dar una vuelta a la casa. Nevaba blando pero copioso. Las quitanieves aun no habían pasado. En algún tramo me patinó el coche pero al tran-tran llegué. Esto me permitió fotografiar al pueblo con una buena nevada.
Dejo algunas imágenes para los masegoseños y aprovecho para enviaros un abrazo.