Tormenta en el día de la trilla

Que el invierno era frío, a nadie podía extrañar. En aquel pueblo de la Sierra de Cuenca las nevadas eran copiosas y los hielos persistentes. Pero a eso, la familia de Juan Masegosa ya estaba acostumbrada: algún leño para la lumbre nunca faltaba y un calentador de barro con agua caliente para la cama, tampoco.
A lo que sí temían más que al propio infierno era a llegar al invierno con los atrojes sin grano y con los cocios vacíos.
Juan Masegosa tenía seis hijos: la mayor, de dieciséis años. En su hogar vivían, además, sus suegros, su padre y una tía discapacitada.
Tierras tenía las justas que podía cultivar, aunque entre pedregales y rochos expuestos al frío del norte, era más el trabajo que la seguridad de una buena cosecha.         Pero, aun así, de su trabajo él respondía. Ahora bien, ¿quién maneja los caprichos del tiempo?, ¿y si se pudre la semilla cuando siembras?, ¿y si no llueve cuando debe?, ¿y si graniza antes de segar?
La preocupación de Juan Masegosa consistía, año tras año, en llegar a la primavera con algunas vituallas sobrantes: trigo, legumbres, patatas…; y las ollas del frito de la matanza del gorrino casi intactas.
En su inconsciente personal, como en el inconsciente colectivo de su pueblo, se sabía que no hay días más largos que los de un invierno sin pan.
En el tiempo de que hablo acababa un año cualquiera en la Sierra, un año que sólo era especial por la gran sequía –la pertinaz sequía que había arruinado buena parte de las cosechas- y, para colmo, era también la causa de que el gorrino muriera de hambre. El invierno fue largo, muy largo, en casa Juan Masegosa; pero, aún así, todos los de su familia lograron ver cómo renacía la vida en primavera, justo cuando se vestía de largo la aliaga con su provocadora flor amarilla. Las gachas de almortas, los guisados de patatas, los cocidos de garbanzos y las ensaladas de alubias, más el pan cocido con granos prestado por buenos vecinos, mantuvieron el hambre a la puerta de casa. Y en la puerta se quedó, pero no entró.
Con el tibio calor de marzo renacieron las ilusiones en un año que prometía ser más fecundo. La siembra fue buena, la primavera cálida y lluviosa. Llegó julio con sus calores y las espigas doblaban sus cabezas, incapaces de sujetar el peso del grano. Todo prometía un buen año de siega.
En casa de Juan Masegosa se segó, se engavilló, se ató, se acarreo, se enhacinó…, gozando de sol a sol, al tiempo que se trabajaba duro.
Aquel verano la cosecha prometía pan y forraje para todo el año, y aún sobraría para devolver los créditos tomados a cuenta del mal año anterior.
Sólo faltaba hacer la trilla; bueno, más el ablentado, para subir a los atrojes esos granos de trigo que, luego de llevar al molino, se convertirían en un pan blanco y tierno para hartar todas las bocas de la familia.
Juan Masegosa eligió un día despejado, que prometía calor abundante, para tender la parva. Amanecía cuando ya tenía extendidos en la era todos y cada uno de los haces de trigo que habían formado la mayor hacina que había podido lograr en sus años de casado. Y salía el sol cuando, con ayuda de sus tres hijos más mayores, el suegro, su padre, y un cuñado que añadía su yunta al trajín, dos pares de mulos daban vueltas a la parva con el trillo atado a los collerones.
Según ascendía ese bendito sol que resecaba las cañas, los mulos, aburridos ya de dar vueltas y agobiados por el calor, se iban volviendo más perezosos. El cuarto hijo, de nueve años, montado en el trillo de la yunta de casa, los guiaba y hacía lo imposible por desperezarlos. Las coplas de los más mozos, las bromas de los mayores y los juegos de los niños se confundían en la era. Día de trabajo, sí, pero día de fiesta: la fiesta de la recolección.
La parva era grande; más que nunca. Ocupaba no sólo la era de Juan Masegosa, si no también, y contando con el tradicional consentimiento recíproco, parte de la de sus dos vecinos colindantes. Daba gozo verla.
No quedaba mucho que moler, al menos comparado con lo ya trillado. Sería media tarde, pero media tarde de esos infinitos días de verano. Una nube, parecida a un pequeño punto negro en el extremo de un lienzo azul, apareció sobre el Cerro de San Cristóbal en El Tovar. Como si las gobernara el diablo, la primera nube parió otra mayor y de estas nacieron muchas más grandes y más negras. Al tío Juan Masegosa le temblaban las canillas:

-A tomar por saco la cosecha. Antes de una hora llega un chaparrón, y la parva tendida… ¡Tanto trabajo para perderlo en el último minuto!- Y no le faltaba razón. Eran muchos años y mucha sabiduría acumulada de generaciones antes mirando al cielo: unas veces para suplicar y otras para maldecirlo.

Pero sus vecinos también sabían leer en la escritura del cielo. Todos estaban afanados en sus tareas de recolección, pero lo primero era antes: sin saber de dónde ni por qué, el tío Juan descubrió que otra yunta trillaba la parva, que otras horcas removían el bálago, que personas con rastrillos y escobas arrimaban lo de más afuera.
Gotas de agua, pesadas como clavos, amartillaban las cabezas. “Otro año perdido, ¡no por Dios!”, le martirizaba el pensamiento a nuestro vecino, que iba y venía aturdido de un lado para otro.
No era aún el tiempo del crepúsculo, aunque la traidora oscuridad de la tormenta parecía cebarse en aquel pueblo campesino que recogía su cosecha. Pero, en ese pueblo, y en concreto en la era de Juan Masegosa, varias decenas de personas, empapadas de agua, pero retadoras a la lluvia inoportuna, ese día, como tantos muchos antes en otras eras y otros años, le ganaron la partida al temporal. En pocos minutos el montón de mies mal trillada se hizo alto como una pirámide. Al exterior quedaba bálago que ya secaría con los nuevos soles de los nuevos días y el trigo, más pesado y, sobre todo, más importante, quedaba cubierto. La familia de Juan Masegosa había vencido a las inclemencias y, por consecuencia, al hambre del invierno.
Ya anochecido los quintos rondaban baile. Mañana sería otro día, pero esa noche en el salón nadie, ni solteros ni casados, perdió pieza.

Joaquín Esteban Cava

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